martes, 21 de febrero de 2012

Cosas de la madrugada


Van Gogh decía que en la noche se encontraban más colores que en el día, esto pareciera extraño cuando el estereotipo de la noche-madrugada radica en la obscuridad, donde los miedos se nos ponen frente a frente dentro de la adversidad de la soledad y la introspección de la solemnidad.
Es la misma noche la que nos enseña las escenas de amor más sinceras, más complacientes e inconvenientes; es aquí cuando la desnudez se encoje ante el abismo de la no-crítica, entrando al amor.
La pasión se filtra a través de las rendijas de las ventanas que tan sólo muestran un destello de luz de algún foco que parpadea a punto de apagarse en su totalidad y por lo mientras el mesero del bar me ha dicho que están a punto de cerrar.
No sé a donde dirigirme, quiero correr quiero estallar y una voz interna acelera el ritmo de mis pensamientos. No se me ocurre nada mejor que ir a parar a otro bar, éste está más sólo que el anterior, esta vez es diferente, al parecer no me encuentro del todo abandonada, ha llegado él, aquél a quién no entiendo, aquél a quien no comprendo ni figuro en su forma de ser.
Nos sonreímos uno al otro, sabemos que no hay más, que nos hemos encontrado, que al empezar a charlar empezaremos a jugar con el destino y que juntaríamos nuestras almas por muy difícil que pareciera.
Él me dice primero, me gustas, me sonrojo e incluso finjo no haber escuchado; yo me disculpo y emprendo mi camino al tocador; regreso y parece que han pasado muchos años.
No hay mayor confusión, está el recuerdo de ese beso enamorado, que nos hemos dado por primera vez hace 4 años.
¿Y ahora qué sigue?
Un amor elevado con sueños de imprimir su legado.


Al amor de ésta mi vida. Leopoldo

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