Una mañana asoleada
ojos a medio despertar
mucosas en los ojos
parece que nadie pretende enojos.
Avanzas hacia la cocina
tus pies son quien manejan
tus ansias de un café bien cargado.
¡Más vale que esté bien preparado!
Te pasas por el azúcar
lo prefieres sólo,
amargo como las noticias del periódico
sólo tienes esperanzas por leer algo irónico.
Te aburres de las letras y enciendes el televisor.
El café sigue en la mesa
sorbo a sorbo se va acabando.
Y no paras jamás.
De repente ya no está al alcance de tu mano
deslizándose hacia la puerta
la taza de café ha avanzado.
No comprendes porqué
los granos de café te han abandonado.
Huyendo como un criminal
el café ha caminado.
No tienes a nadie más,
no tienes nada más,
en las mañanas te acompañaba
por las noches te cobijaba.
Ahora ¿Con quién me desahogaré?
El café ya no existe
la taza de café se ha evaporado.
Vuelves por otra taza.
Los granos de café se han hartado
de tus esperanzas rotas
de tu corazón abrumado
y de tus ideas ilusas.
Alguien toca a tu puerta,
no quieres abrir
y tu mano alcanza la manija,
ya no tienes como huir.
Abres
En el suelo, la taza de café está intacta.
Ha regresado,
la levantas.
Restos de café en el fondo,
te recuerdan,
memorias que también han huido,
que no has sustituido,
por miedo a la soledad,
por temor a la suciedad.
La tomas,
la avientas.
Se rompe y te rompes con ella.
Años con su compañía.
Ya no la necesitas.
Los minutos de desesperación,
te han hecho ver tus horas de desolación.
Ahora quieres salir al mundo,
que te conozcan y conocer.
Quieres encontrar a alguien
que por las mañanas tome café contigo,
que al anochecer te bese y te de su abrigo.
La soledad, una taza para café vacía.
Dos tazas de café:
un amor que comparte un tentempié.

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